sábado, 23 de agosto de 2008

En el olvido

(Estas líneas las he escrito el 10/08/2008 a las 2:26 de la madrugada, todavía en Sevilla)


Si aún te preguntas, querido lector, a dónde me he marchado o a dónde me guían mis pasos, te lo dirá un viejo poema de un paisano llamado Luís Cernuda:


Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.


Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.


En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.


Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente.


Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño.


Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.




Me he marchado de aquellas letras, verde esperanza, que luego se oscurecieron. Me alejé del lugar donde seguí sangrando por el costado, a través de la herida por donde huyó el gran error de mi vida, para aterrizar en un paraje conocido, un entorno de días mejores, de una ignorancia infantil bienvenida…


Aquí vuelvo a tocar burbujas con descaro, llamo a un amor en la distancia, cazo alemanes en sueños inquietos, disfruto del verano prometido, aquél que os dije, el que parió con dolor una primavera repugnante, esclava de deseos sin cumplir. El fruto del sufrimiento no podía ser otro que el sol, la arena, el hielo y una almohada a la que susurrar todas las noches.